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Matrimonio y vínculosMatrimonio y vínculos19 septiembre, 20266 min de lectura

Cuando el matrimonio se convierte en una transacción

Una reflexión sobre el amor, el compromiso y la lógica del costo-beneficio

Por L.S. Doello

Dos sillas frente a frente junto a una mesa con dos tazas

En otras épocas, muchos matrimonios eran concertados entre las familias. La elección podía estar condicionada por acuerdos económicos, conveniencias sociales o por aquello que cada familia aportaba. Desde nuestra mirada actual, esa costumbre puede parecernos distante y hasta ofensiva. Sin embargo, la pregunta sigue siendo incómodamente vigente: ¿hemos dejado realmente de medir a las personas por lo que pueden ofrecernos?

Una forma actual de hacer cuentas

Hoy elegimos con quién relacionarnos y tenemos una libertad que generaciones anteriores no siempre tuvieron. Aun así, nuestro modo de hablar revela que la lógica del intercambio sigue presente. Decimos que alguien es “un buen partido”, evaluamos sus cualidades, observamos sus posibilidades y calculamos, aunque sea de manera inconsciente, cuánto podría aportar a nuestra vida.

No hay nada equivocado en conocer con seriedad a la persona con quien pensamos casarnos. La dificultad aparece cuando el valor del otro queda reducido a los beneficios que esperamos obtener. Entonces ya no nos preguntamos solamente quién es esa persona, sino cuánto bienestar, seguridad, reconocimiento o satisfacción puede brindarnos.

El amor no busca lo suyo.

1 Corintios 13:5

Nuestra cultura habla constantemente del amor, pero muchas veces lo comprende de una manera inmadura. Lo identifica casi exclusivamente con la emoción, la atracción y la experiencia de sentirse satisfecho. Bajo esa mirada, amar significa principalmente que el otro me haga sentir bien. Mientras eso sucede, la relación parece funcionar. Cuando deja de suceder, comenzamos a pensar que algo se rompió de manera irremediable.

El matrimonio como inversión

Sin advertirlo, podemos trasladar al matrimonio el lenguaje de una operación comercial. Damos afecto, atención y cuidado esperando recibir una cantidad equivalente. Mientras consideramos que el balance es favorable, continuamos invirtiendo. Pero cuando descubrimos los defectos del cónyuge o sentimos que ya no obtenemos lo esperado, reducimos nuestra entrega.

El razonamiento suele parecer justo: “Si la otra persona ya no se esfuerza como antes, ¿por qué debería hacerlo yo?”. Así comenzamos a retirarnos poco a poco. Escuchamos menos, cuidamos menos y nos volvemos emocionalmente distantes. No siempre lo hacemos de forma consciente; muchas veces creemos que simplemente estamos respondiendo de manera proporcional a lo que recibimos.

El amor es generoso.

Reflexión basada en 1 Corintios 13:4-5

Pero la otra persona también percibe esa distancia y reacciona. Al sentirse menos amada, se protege, se retrae o deja de ofrecer lo que antes daba. Uno disminuye su cuidado porque siente menos amor, y el otro siente menos amor porque recibe menos cuidado. La relación entra así en una espiral descendente en la que cada uno encuentra razones para justificar su propia retirada.

El amor no lleva la cuenta del mal recibido.

1 Corintios 13:5

Una manera diferente de amar

La relación entre padres e hijos nos permite observar otra lógica. Un recién nacido necesita cuidado constante y no puede devolver nada de lo que recibe. Los padres entregan tiempo, descanso, recursos y atención sin llevar una cuenta diaria de recompensas. Con los años, ese hijo podrá expresar afecto y gratitud, pero el amor de sus padres no depende de que lo haga de manera perfecta.

Incluso cuando los hijos crecen, atraviesan crisis o se muestran difíciles, los padres suelen continuar presentes. No dejan de procurar su bien cada vez que la relación se vuelve costosa. Han comprendido, quizá sin formularlo, que amar no consiste únicamente en recibir una respuesta agradable, sino también en asumir un compromiso con el bienestar del otro.

Es llamativo que algunos matrimonios hayan sostenido durante años ese amor perseverante hacia sus hijos y, al mismo tiempo, hayan tratado su relación de pareja como un contrato de consumo. Con los hijos practicaron el cuidado aun cuando costaba; entre ellos esperaron a sentir para volver a cuidar. Cuando los hijos finalmente dejaron el hogar, descubrieron que la relación matrimonial se había quedado sin alimento.

Del amor de consumo al amor de alianza

Esta es una de las razones por las que el matrimonio se ha vuelto tan descartable en la cultura actual. Si lo concebimos como una transacción de costo y beneficio, conservará su valor solamente mientras nos resulte conveniente. En cuanto el esfuerzo parezca superar la recompensa, la separación comenzará a presentarse como la conclusión lógica de una inversión que ya no produce ganancias.

El problema no comienza únicamente cuando una pareja decide separarse. Comienza mucho antes, en el concepto de amor con el que llega al matrimonio. Si amar es solo experimentar una emoción placentera, toda relación quedará a merced de sentimientos que naturalmente cambian. Pero si amar también significa procurar el bien del otro, cumplir la palabra dada y aprender a entregarse con sabiduría, el matrimonio deja de ser un producto que se conserva mientras satisface y se convierte en una alianza que ambos cultivan.

El amor todo lo espera y todo lo persevera.

1 Corintios 13:7

Amar con madurez no significa negar los conflictos, tolerar el abuso ni permanecer pasivos ante conductas destructivas. Tampoco significa que las necesidades personales carezcan de importancia. Significa abandonar la contabilidad afectiva como principio rector de la relación. En lugar de preguntar continuamente “¿qué estoy recibiendo?”, aprendemos también a preguntarnos “¿cómo puedo amar de una manera verdadera, responsable y fiel?”

Elegir amar

El matrimonio necesita sentimientos, ternura, deseo y alegría; pero no puede depender solamente de ellos. También necesita decisiones renovadas, conversaciones honestas, arrepentimiento, perdón, límites saludables y actos cotidianos de cuidado. Muchas veces, el sentimiento vuelve a florecer después de que alguien decide actuar con amor, aun cuando en ese momento no lo experimente con intensidad.

Una cultura que nos enseña a reemplazar rápidamente aquello que ya no satisface puede llevarnos a mirar del mismo modo a las personas. Sin embargo, un esposo o una esposa no es un producto destinado a cumplir nuestras expectativas. Es una persona real, limitada y valiosa, a quien también nosotros amamos desde nuestras propias limitaciones.

El desafío consiste en pasar de un amor centrado en el consumo a un amor formado por la alianza. El primero pregunta cuánto cuesta y qué beneficio obtiene. El segundo reconoce el costo, pero recuerda el valor de la persona y del compromiso asumido. Allí comienza un amor más maduro: no el que ignora las dificultades, sino el que decide enfrentarlas sin convertir al otro en un objeto descartable.

El amor nunca deja de ser.

1 Corintios 13:8

L.S. Doello