Estudio bíblicoPaz · Isaías 26:323 septiembre, 20269 min de lectura
La paz de Dios: de sustantivo a verbo
La paz que recibimos de Dios se convierte en una manera de vivir y relacionarnos
Por L.S. Doello

Hay momentos en los que nuestro cuerpo se detiene, pero nuestra mente continúa corriendo. Nos sentamos, intentamos descansar y, sin embargo, por dentro seguimos repasando conversaciones, imaginando posibles desenlaces o tratando de encontrar una solución para aquello que todavía no podemos resolver.
Descansar verdaderamente no siempre significa que el problema haya terminado. Muchas veces descansamos porque hemos decidido apoyar el peso de nuestra vida en alguien más fuerte que nosotros.
Por eso, el descanso y la confianza están profundamente relacionados. Podemos descansar no porque todo esté resuelto, sino porque sabemos en quién hemos confiado.
Esto nos conduce a una de las palabras más profundas y hermosas de la Biblia: shalom.
La paz que solemos buscar
Utilizamos con frecuencia la palabra paz. Decimos: «Necesito un poco de paz», «Déjenme en paz», «Quiero estar en paz con esta decisión» u «Ojalá podamos vivir en paz».
Generalmente pensamos en la paz como la ausencia de algo: que no haya discusiones, problemas, preocupaciones, conflictos ni situaciones que nos alteren. Para nosotros, tener paz suele significar que todo se encuentre finalmente bajo control.
Pero cuando la Biblia habla de paz, se refiere a una realidad mucho más profunda.
La paz bíblica no depende solamente de lo que sucede a nuestro alrededor. Tiene que ver con Dios, con nuestra relación con Él, con lo que Él produce en nosotros y, finalmente, con nuestra manera de relacionarnos con los demás.
Por eso podemos pensar en la paz de dos formas sencillas: primero, como un sustantivo; después, como un verbo.
Shalom: mucho más que ausencia de conflicto
Un sustantivo es una palabra que le pone nombre a una realidad. Algunas palabras nombran cosas que podemos tocar; otras nombran experiencias invisibles pero verdaderas, como el amor, el miedo, la esperanza o la alegría.
La paz también es un sustantivo. Pone nombre a una realidad que Dios desea producir en nuestra vida.
En el Antiguo Testamento encontramos la palabra hebrea shalom. Con frecuencia se traduce como «paz», pero su significado es mucho más amplio que la ausencia de guerra o conflicto. Shalom comunica plenitud, bienestar, integridad y armonía. Describe una vida que vuelve a estar ordenada bajo el cuidado de Dios.
No significa que todo sea perfecto. Significa que, aun en medio de lo incompleto, existe un centro firme que nos sostiene.
Podemos estar atravesando una situación difícil y, al mismo tiempo, experimentar shalom. No porque ignoremos la realidad, sino porque la dificultad ya no ocupa el lugar de Dios.
La paz comienza en nuestra relación con Dios
Pablo escribió:
«Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo».
Romanos 5:1
La paz bíblica no comienza en nuestras emociones. Comienza en nuestra relación con Dios.
Esto es fundamental. Pablo no está describiendo primeramente cómo nos sentimos; está explicando cuál es nuestra nueva posición delante de Dios. Por medio de Jesucristo, hemos sido reconciliados con Él.
Antes de hablar de la tranquilidad interior, la Biblia habla de una relación restaurada.
Podemos experimentar emociones cambiantes y, aun así, tener paz con Dios. Podemos sentir temor, tristeza o incertidumbre sin que nuestra relación con Él se haya roto. La paz con Dios no descansa en la estabilidad de nuestras emociones, sino en la obra completa de Cristo.
Una mente que sabe dónde apoyarse
Isaías declara:
«Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado».
Isaías 26:3
La expresión traducida como «completa paz» repite dos veces la palabra hebrea: shalom, shalom. Es una manera de intensificar la idea: paz en toda la extensión de la palabra.
Isaías pronunció estas palabras en un contexto de inestabilidad. Había amenazas, enemigos y naciones que se levantaban y caían. Sin embargo, en medio de todo lo que cambiaba, permanecía una realidad inconmovible: Dios.
El profeta no está describiendo a una persona que nunca se preocupa, nunca siente miedo ni atraviesa dificultades. Habla de alguien que ha aprendido dónde apoyar su mente.
Confiar no significa negar lo que sucede. Significa decidir dónde colocaremos el peso de nuestra vida.
Cuando nos sentamos en una silla, no afirmamos intelectualmente que puede sostenernos mientras permanecemos de pie. Nos apoyamos y le entregamos nuestro peso. De manera semejante, confiar en Dios implica descansar activamente en su carácter.
Las circunstancias cambian. Las respuestas pueden demorarse. Las personas pueden decepcionarnos. Pero el carácter y la fidelidad de Dios permanecen.
Recordar quién es Dios es uno de los mejores remedios para un corazón atemorizado.
Paz con Dios y paz de Dios
Es útil distinguir dos dimensiones de la paz bíblica.
La paz con Dios describe nuestra posición delante de Él. Por medio de Cristo, la relación ha sido reconciliada. Ya no somos enemigos, sino hijos recibidos por gracia.
La paz de Dios es aquello que Dios produce en nuestro interior cuando aprendemos a confiar en Él.
Pablo dice que esa paz «guardará» nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús (Filipenses 4:7). La imagen es la de un guardia que protege una ciudad. La paz de Dios se coloca alrededor de nuestra mente y nuestro corazón cuando las preocupaciones amenazan con invadirlos.
Tener paz no siempre significa poder decir: «Todo está bien». Algunas veces significa confesar: «No todo está bien, pero sé en quién confío».
La fe no minimiza el dolor ni llama bueno a lo que está mal. La fe reconoce la dificultad, pero se niega a entregarle el gobierno de la vida.
La paz tiene un rostro
Cuando la Biblia le pone rostro a la paz, nos muestra a Cristo.
Pablo dice acerca de Jesús:
«Él es nuestra paz».
Efesios 2:14
La paz cristiana no es solamente una técnica de relajación, una disposición mental o una emoción agradable. Nuestra paz es una Persona.
Jesús también dijo:
«La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo».
Juan 14:27
El mundo ofrece una paz condicionada: «Tendrás paz cuando todo se resuelva». Cristo ofrece una paz arraigada en su presencia: «Puedes tener paz porque yo estoy contigo».
La paz del mundo depende de que las circunstancias se acomoden. La paz de Cristo descansa en alguien que permanece cuando las circunstancias cambian.
¿Qué hacemos con la paz recibida?
Hasta aquí hemos hablado de la paz como sustantivo: una realidad que recibimos de Dios. Pero la enseñanza bíblica no termina allí.
La paz recibida debe convertirse en paz practicada.
Jesús no dijo: «Bienaventurados los que disfrutan de la paz». Dijo:
«Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios».
Mateo 5:9
Un pacificador no es alguien que evita toda conversación incómoda ni quien procura que nadie se moleste. Tampoco es una persona que encubre los problemas para conservar una apariencia de tranquilidad.
Los pacificadores trabajan por la paz.
Son personas que, en lugar de aumentar un conflicto, ayudan a disminuirlo. Se acercan cuando sería más sencillo alejarse. No necesitan ganar cada discusión. Saben pedir perdón y también perdonar. Escuchan antes de responder. Procuran restaurar las relaciones y, cuando es necesario, establecen límites sin actuar desde la venganza.
La paz deja de ser solamente algo que llevamos dentro y comienza a expresarse en nuestra manera de tratar a los demás.
Se convierte en verbo.
El realismo de las relaciones humanas
Ser pacificadores no significa que podremos resolver todos los conflictos. Pablo presenta una perspectiva profundamente realista:
«Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos».
Romanos 12:18
La expresión «si es posible» reconoce que no todas las personas desean reconciliarse. Algunas relaciones no podrán restaurarse de inmediato. Habrá conversaciones que no producirán la respuesta esperada y situaciones en las que será necesario tomar distancia o establecer un límite saludable.
Pero Pablo añade: «en cuanto dependa de ustedes».
No podemos controlar la respuesta del otro, pero sí podemos preguntarnos qué depende de nosotros.
Quizá dependa de nosotros pedir perdón.
Quizá necesitemos dejar de alimentar una discusión.
Tal vez debamos hacer una llamada, iniciar una conversación pendiente o escuchar sin preparar inmediatamente nuestra defensa.
En otras ocasiones, dependerá de nosotros dejar de contar a terceros lo que esa persona hizo, renunciar a la necesidad de tener siempre la última palabra o poner un límite sano sin odio ni deseo de castigo.
No podemos controlar el corazón de los demás, pero sí podemos decidir qué clase de persona seremos en medio del conflicto.
El recorrido de la paz
La paz bíblica sigue un recorrido.
Primero, tenemos paz con Dios, porque Cristo nos reconcilió con Él.
Después, experimentamos la paz de Dios, que guarda nuestra mente y nuestro corazón en medio de la dificultad.
Luego comprendemos que Cristo mismo es nuestra paz. Nuestra seguridad está anclada en una Persona, no en la estabilidad de las circunstancias.
Finalmente, nos convertimos en personas de paz y llevamos a nuestras relaciones aquello que hemos recibido.
La paz comienza como regalo y termina convirtiéndose en una forma de vida.
Una pregunta para esta semana
Quizá esta semana no necesitemos preguntarnos solamente: «¿Tengo paz?».
Podríamos preguntarnos también:
¿Estoy llevando paz?
¿Existe alguna relación en mi vida en la que actualmente no hay paz?
¿Qué parte de esa situación depende realmente de mí?
¿Hay alguna conversación que estoy evitando y debería tener?
¿Necesito pedir perdón, perdonar, escuchar, guardar silencio o establecer un límite saludable?
Cuando llego a un lugar, ¿suelo llevar paz o aumentar la tensión?
No se trata de resolver todos nuestros vínculos en una semana. Se trata de identificar una relación concreta y dar un paso posible.
Podemos comenzar con una oración sencilla:
«Señor, en cuanto dependa de mí, esta semana ayúdame a llevar tu paz».
De sustantivo a verbo
La paz de Dios no es indiferencia, pasividad ni evasión. Tampoco es el resultado de tener todo bajo control.
Es una relación reconciliada con Dios, una mente que sabe dónde apoyarse y una vida que aprende a reflejar el carácter de Cristo en sus relaciones.
Primero recibimos la paz. Después aprendemos a vivirla. Y, finalmente, la llevamos a otros.
La paz comienza siendo un regalo que recibimos de Dios, encuentra su nombre y su rostro en Cristo, y termina convirtiéndose en una manera de vivir.
L.S. Doello