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EmocionesEmociones9 septiembre, 20266 min de lectura

Ponerle nombre a lo que sentimos

Reconocer una emoción no debilita la fe: puede convertirse en el comienzo de una conversación honesta con Dios.

Por L.S. Doello

Cuaderno abierto en una escena cálida de lectura y reflexión.

—¿Cómo estás?

—Bien.

A veces respondemos de esa manera porque realmente estamos bien. Otras veces, “bien” es la única palabra que encontramos para cubrir una mezcla que todavía no logramos comprender.

Tal vez no estamos simplemente tristes: estamos decepcionados. Quizá no estamos únicamente enojados: nos sentimos ignorados, heridos o impotentes. Lo que llamamos ansiedad podría esconder temor al rechazo, incertidumbre ante el futuro o la sensación de haber perdido el control.

Ponerle nombre a una emoción no resuelve automáticamente lo que nos sucede, pero comienza a ordenar nuestro mundo interior.

Cuando reconocemos una emoción, podemos escucharla, examinarla y decidir qué hacer con ella.

La emoción trae información

Las emociones no son enemigas de la fe. Forman parte de la manera en que respondemos a lo que amamos, tememos, perdemos, esperamos o necesitamos.

Sin embargo, una emoción no siempre cuenta toda la historia. Sentir temor no significa necesariamente que estemos en peligro. Sentir rechazo no demuestra que hayamos sido rechazados. Sentirnos incapaces no establece que realmente lo seamos.

Podemos prestarle atención sin entregarle el gobierno de nuestras decisiones. La madurez emocional no consiste en evitar lo que sentimos, sino en escucharlo, discernirlo y permitir que la verdad de Dios dé forma a nuestra respuesta.

La Biblia le pone palabras al alma

La Biblia no presenta una fe silenciosa ni desconectada de las emociones.

David convirtió su temor, su culpa, su enojo y su abatimiento en salmos. Nehemías lloró y oró al conocer la condición de Jerusalén. Ana derramó su alma delante de Dios ante el dolor de un anhelo que no se cumplía.

Estas personas no fueron menos espirituales por reconocer lo que sentían. Su fe se manifestó precisamente en la decisión de llevar sus emociones delante de Dios.

Los Salmos nos enseñan que la fe madura no es una fe sin emociones, sino una fe que sabe qué hacer con ellas.

Cuando la emoción se convierte en oración

Se ha dicho que la oración es como una válvula de escape del alma. La imagen es sencilla, pero significativa: aquello que no expresamos puede acumular presión en nuestro interior. Cuando lo presentamos delante de Dios, encuentra un lugar seguro donde ser escuchado y ordenado.

Pablo nos ofrece un modelo en Filipenses 4:6-8. Sus palabras tienen un peso especial porque no escribe desde la comodidad, sino estando preso y rodeado de incertidumbre.

Aun en esas circunstancias, enseña:

“Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”.

Filipenses 4:6

Cada expresión nos muestra una dimensión de la oración.

En toda oración

La oración comienza recuperando la conciencia de Dios.

Antes de concentrarnos exclusivamente en el problema, recordamos delante de quién estamos. Orar también es detenernos, contemplar, adorar y reconocer que nuestra vida permanece bajo la mirada de un Dios presente.

La circunstancia puede ser grande, pero no es más grande que Él.

Con ruegos y peticiones

El ruego nos permite ser específicos.

Dios conoce nuestras necesidades, pero nosotros necesitamos expresarlas. En lugar de decir solamente “me siento mal”, podemos detenernos y reconocer:

“Tengo miedo de perder esto”.

“Estoy enojada porque me sentí ignorada”.

“Estoy triste porque algo importante para mí terminó”.

“Me preocupa no saber qué sucederá mañana”.

La súplica convierte una angustia indefinida en una petición concreta. Cuando encontramos las palabras, aquello que parecía una nube confusa comienza a adquirir una forma que podemos presentar delante de Dios.

Con acción de gracias

Pablo añade algo sorprendente: la gratitud.

No agradece porque la cárcel sea agradable ni porque sus dificultades hayan desaparecido. Agradece porque, aun allí, Dios continúa siendo bueno, soberano y fiel.

Agradecer es crecer en la fe. Es reconocer que nuestra circunstancia no tiene la última palabra. Es recordar que Dios sigue obrando, aunque todavía no comprendamos lo que está haciendo.

La gratitud no niega el dolor. Tampoco exige llamar bueno a lo que nos ha herido. Agradecer es apoyarnos en el carácter de Dios cuando todavía no podemos apoyarnos en nuestras explicaciones.

Somos agradecidos no porque todo haya resultado como esperábamos, sino porque conocemos a Aquel en quien hemos decidido confiar.

Una paz que hace guardia

Después de hablar de la oración, la súplica y la gratitud, Pablo presenta una promesa:

“Y la paz de Dios… guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.

Filipenses 4:7

Pablo no promete que la circunstancia cambiará inmediatamente. Promete que la paz de Dios guardará nuestro interior.

La palabra “guardará” comunica la imagen de alguien que hace vigilancia. Mientras Pablo se encontraba bajo custodia, podía afirmar que existía una guardia aún más segura: la paz de Dios custodiando el corazón y los pensamientos.

La oración quizá no modifique enseguida lo que sucede fuera de nosotros, pero comienza a ordenar lo que está ocurriendo dentro.

Después de orar, ¿dónde descansa la mente?

Pablo no termina su enseñanza en el versículo 7. Inmediatamente después nos orienta hacia aquello que debe ocupar nuestros pensamientos:

“Todo lo verdadero, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable… en esto pensad”.

Filipenses 4:8

Primero llevamos nuestra emoción delante de Dios. Después permitimos que su verdad vuelva a dirigir nuestra mente.

Orar no es descargar una preocupación para recogerla nuevamente unos minutos más tarde. Es entregarla y aprender a descansar nuestros pensamientos en aquello que es verdadero.

La emoción es escuchada, la necesidad es expresada, la gratitud recuerda quién es Dios y la mente vuelve a encontrar un lugar firme donde descansar.

Una conversación honesta con Dios

Cuando una emoción aparezca, puedes detenerte y hacerte estas preguntas:

¿Qué estoy sintiendo realmente?

Busca una palabra más precisa que “bien”, “mal” o “rara”.

¿Qué sucedió para que me sintiera así?

Distingue el hecho de la interpretación que construiste alrededor de él.

¿Qué me está mostrando esta emoción?

Tal vez revela algo que temes perder, una necesidad, una expectativa o una herida que requiere atención.

¿Qué necesito pedirle concretamente a Dios?

Transforma la emoción en una petición clara.

¿Qué puedo agradecer aun en medio de esto?

Recuerda una expresión del carácter de Dios: su bondad, su fidelidad, su presencia o su soberanía.

¿En qué verdad necesito apoyar ahora mis pensamientos?

Del silencio a la oración

Ponerle nombre a lo que sentimos no significa quedar a merced de las emociones. Significa dejar de huir de ellas para presentarlas delante de Dios.

Una emoción reconocida puede convertirse en una oración. Una petición concreta puede ser acompañada por gratitud. Y un corazón que ora puede experimentar la paz de Dios aun antes de que cambien sus circunstancias.

No necesitamos llegar delante de Él con el alma perfectamente ordenada. Podemos acercarnos con palabras entrecortadas, preguntas, lágrimas y necesidades concretas.

Dios sabe escuchar aquello que recién estamos aprendiendo a nombrar.

L.S. Doello