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Matrimonio y vínculosMatrimonio y vínculos1 septiembre, 20264 min de lectura

Conversaciones que cuidan

Escuchar con atención, hablar con verdad y acercarnos un poco más

Por L.S. Doello

Ambiente cálido para la lectura

«Pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse». Santiago 1:19

McDonald’s tiene un laboratorio donde prueba, entre otras cosas, cómo se desarrolla la atención en sus autoservicios. Allí estudian los mensajes que recibe el cliente, las palabras que usa el personal y la manera de hacer más clara una conversación que dura apenas unos momentos.

Si una empresa presta tanta atención a lo que ocurre en unos segundos de diálogo, vale la pena preguntarnos cómo cuidamos las conversaciones que sostienen nuestras relaciones. En casa no buscamos atender un pedido con rapidez. Queremos conocer y ser conocidos.

¿De qué hablamos?

Hay conversaciones que apenas rozan la superficie. «Qué calor hace». «Sí, lo que mata es la humedad». Son las charlas de ascensor: amables y necesarias para convivir, aunque no suelen llevarnos mucho más allá del saludo.

En otro nivel hablamos de lo que hacen o piensan otras personas. Comentamos una noticia, una decisión de un familiar o algo que ocurrió en el trabajo. Ya intercambiamos opiniones, pero todavía podemos mantener a salvo lo más personal.

La cercanía crece cuando nos animamos a decir lo que nosotros pensamos, esperamos o tememos. Y se profundiza más cuando podemos expresar cómo nos sentimos: «Me dolió lo que pasó», «estoy preocupado por nosotros» o «me sentí acompañado cuando hiciste eso».

Abrirse así requiere confianza. También requiere que quien escucha cuide lo que acaba de recibir. Una confidencia puede acercarnos mucho; una respuesta apresurada puede cerrar la puerta para la próxima vez.

Los hábitos que enturbian el diálogo

A veces queremos comunicarnos mejor, pero llegamos a la conversación con hábitos que la dificultan. Nos quejamos de todo, exageramos nuestros méritos, señalamos repetidamente los defectos del otro o convertimos un hecho puntual en un «vos siempre» o «vos nunca».

Otras veces escuchamos solo hasta encontrar un hueco para defendernos. La otra persona sigue hablando, pero nosotros ya estamos preparando la respuesta.

No hace falta hablar de manera perfecta. Sí podemos prestar atención a lo que nuestras palabras provocan. Antes de una conversación difícil, ayuda preguntarnos: «¿Quiero comprender y darme a entender, o solo quiero demostrar que tengo razón?».

Escuchar también se practica

Escucha con atención. Si tu esposo o esposa te dice: «Últimamente siento que hablamos solo de las cosas que hay que hacer», evitá responder enseguida: «Eso no es cierto». Probá con una pregunta: «¿En qué momentos lo sentís más?». Escuchá la respuesta completa antes de explicar tu punto de vista.

Escucha con empatía. No necesitás sentir exactamente lo mismo para reconocer la experiencia del otro. Podés decir: «Entiendo que te hayas sentido solo cuando llegué y seguí mirando el teléfono». Reconocer lo que le pasó no significa que hayas renunciado a contar después tu propia experiencia.

Escucha con el cuerpo. Dejá por un momento la pantalla, orientá tu cuerpo hacia la persona y sostené una mirada amable. Si estás agotado o distraído, es más honesto decir: «Esto me importa. Dame unos minutos para terminar y te escucho bien», que ofrecer una atención a medias.

Después, comprobá lo que entendiste: «A ver si te escuché bien: no te molestó solo que llegara tarde; te dolió que no te avisara». Esa frase sencilla puede evitar una larga discusión sobre algo que el otro nunca quiso decir.

Y cuando sea tu turno, hablá desde tu experiencia. «Me sentí desplazada cuando tomamos esa decisión sin conversar» abre una puerta distinta de «Nunca te importa lo que pienso». La verdad necesita palabras claras; el vínculo necesita que esas palabras puedan ser recibidas.

Las conversaciones que cuidan no son siempre fáciles ni agradables. A veces incluyen desacuerdos, pedidos de perdón y verdades incómodas. Pero cuando aprendemos a escuchar antes de reaccionar y a hablar sin herir deliberadamente, hacemos espacio para que la verdad y la gracia se encuentren.

Quizá hoy podamos empezar con una pregunta pequeña: «¿Hay algo que hayas querido contarme y que todavía no me detuve a escuchar?»

Próximamente: “Generando el diálogo en el hogar”, una reflexión con ideas prácticas para abrir conversaciones más profundas en la familia.

L.S. Doello