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PensamientoPensamiento21 agosto, 20265 min de lectura

Una mente renovada

Cómo permitir que la verdad de Dios transforme nuestra manera de interpretar la vida.

Por L.S. Doello

Anteojos atravesados por la luz cálida de una ventana, como símbolo de una mirada renovada.

Todos tenemos algo que quisiéramos que Dios cambiara: una circunstancia, una relación, una respuesta que no llega o una situación que se prolonga más de lo esperado.

Nuestras oraciones suelen comenzar así: “Señor, cambia lo que está sucediendo”, “cambia a esta persona” o “quita de mi camino esta dificultad”. Sin embargo, muchas veces Dios comienza su obra en un lugar diferente. Antes de transformar aquello que nos rodea, comienza transformándonos a nosotros.

La Biblia lo expresa con claridad:

“Sean transformados mediante la renovación de su mente”.

Romanos 12:2

La transformación espiritual no es un simple retoque exterior. No consiste solamente en modificar una conducta durante un tiempo o esforzarnos por pensar de manera positiva. Es una obra profunda de Dios que alcanza la raíz desde la cual pensamos, interpretamos y respondemos a la vida.

Los lentes con los que miramos

Todo pensamiento tiene una pequeña historia. Primero ocurre un hecho. Luego interpretamos ese hecho mediante nuestros propios lentes. A partir de esa interpretación construimos una explicación y, finalmente, reaccionamos emocionalmente.

Por ejemplo, alguien no responde nuestro mensaje. Ese es el hecho. Sin embargo, nuestra mente puede añadir rápidamente una historia: “Está molesto conmigo”, “hice algo mal” o “no soy importante para esa persona”.

El sufrimiento no siempre procede únicamente de lo sucedido. Muchas veces también nace de la historia que nuestra mente construye alrededor de lo sucedido.

Nombrar lo que sentimos es una forma de prestar atención a nuestra historia. Las emociones no son toda la verdad, pero sí ofrecen información valiosa sobre aquello que amamos, tememos o necesitamos.

Por eso, el problema no está en sentir. El problema aparece cuando convertimos automáticamente lo que sentimos en una descripción infalible de la realidad.

Sentir temor no significa necesariamente que estemos en peligro. Sentir rechazo no demuestra que hayamos sido rechazados. Sentirnos incapaces no significa que carezcamos de valor o de recursos para afrontar una situación.

Cuando nuestros pensamientos distorsionan la realidad

Todos podemos mirar la vida a través de lentes deformados. A veces exageramos una dificultad y pensamos: “Esto será terrible”. Otras veces filtramos todo lo bueno y conservamos únicamente aquello que salió mal.

También podemos suponer que conocemos las intenciones de los demás: “Seguro pensó mal de mí” o “lo hizo para lastimarme”. Incluso llegamos a transformar una experiencia en una declaración sobre nuestra identidad: “Cometí un error; por lo tanto, soy un fracaso”.

Estas interpretaciones no cambian los hechos, pero sí modifican la manera en que los vivimos.

La meta no es descubrir quién tiene más distorsiones. Todos miramos la realidad a través de lentes que necesitan ser examinados. La verdadera pregunta es: ¿cuáles son los lentes que utilizo con mayor frecuencia para interpretar mi vida?

Escuchar sin quedar a merced

La madurez emocional no consiste en evitar lo que sentimos. Consiste en escucharlo, discernirlo y permitir que la verdad de Dios dé forma a nuestra respuesta.

Podemos recibir nuestras emociones sin obedecerlas ciegamente. Podemos decir: “Esto es lo que siento, pero necesito examinar qué historia estoy construyendo y si esa historia es verdadera”.

Pablo nos invita a ser renovados “en la actitud de nuestra mente” (Efesios 4:23). Dios no se limita a quitar algunos pensamientos negativos. Desea transformar la estructura desde la cual interpretamos la realidad.

La neurociencia denomina neuroplasticidad a la capacidad del cerebro para aprender y fortalecer nuevos caminos. La renovación bíblica de la mente no es lo mismo que la neuroplasticidad, pero esta capacidad humana nos recuerda algo valioso: no estamos condenados a repetir para siempre los mismos patrones de pensamiento.

Con la ayuda de Dios podemos aprender a reconocerlos, examinarlos y responder de una manera diferente.

Una práctica para renovar la mente

Cuando un pensamiento te produzca angustia, enojo o desánimo, puedes detenerte y recorrer estos cuatro pasos:

1. Escríbelo.

Expresa el pensamiento con claridad. ¿Qué te estás diciendo acerca de lo que sucedió?

2. Examínalo.

Pregúntate qué parte corresponde al hecho y qué parte pertenece a tu interpretación. Filipenses 4:8 ofrece un buen filtro: ¿esto es verdadero, justo y digno de consideración?

3. Cuestiónalo.

¿Existe otra explicación posible? ¿Estás adivinando las intenciones de alguien, anticipando una catástrofe o convirtiendo un error en una definición de tu identidad?

4. Reemplázalo.

No se trata de negar la realidad ni de repetir una frase optimista. Se trata de colocar una verdad bíblica en el lugar que estaba ocupando la distorsión.

Renovar la mente ocurre pensamiento por pensamiento. Es un proceso paciente en el cual aprendemos a reconocer nuestras interpretaciones y a someterlas a la verdad de Dios.

Antes de pedir que todo cambie

Tal vez hoy estés esperando que Dios cambie una circunstancia. Puedes pedírselo con libertad. Pero también puedes permitir que tu oración alcance un lugar más profundo:

Señor, antes de cambiar mi entorno, enséñame a pensar como Tú piensas. Transforma el lugar desde donde nacen mis pensamientos.

Dios no siempre modifica inmediatamente aquello que estamos viviendo. Sin embargo, puede renovar la mirada con la que lo atravesamos.

Y cuando nuestros lentes son transformados por su verdad, también comienzan a cambiar nuestras emociones, nuestras decisiones y nuestra manera de caminar.

L.S. Doello